Malthus y Godwin. La discusión sobre el poblacionismo en el medio libertario (parte II de II) Imprimir E-Mail
escrito por José Ardillo   
Image Esta es la segunda parte del artículo publicado en abril (nº 366) del periódico de la CNT. En la primera parte del texto vimos como la discusión entre Malthus y Godwin sobre la relación entre miseria y aumento de la población nos señalaba una pista para profundizar en la discusión sobre los límites físicos de la utopía social o, si se prefiere, del proyecto libertario. Ahora veremos como esta discusión se prolongó en el siglo XX en los medios anarquistas y sentó las bases para una corriente crítica que sería precursora de la inquietud ecológica.

 

Las teorías de Malthus experimentaron una especie de renacimiento en los pensadores anarquistas de finales del siglo XIX y principios del XX. En manos de estos pensadores, la obra malthusiana tomó una forma que el mismo Malthus habría repudiado. Por decirlo de alguna manera, los anarquistas volvieron el legado de Malthus contra su propio autor y lo que en este era justificación para la continuación de un estado de cosas miserable, en los anarquistas se reveló como piedra de toque para combatir la opresión de la clase trabajadora: se trataba de hacer del factor reproductivo un factor consciente y responsable en manos de las clases trabajadoras, y a partir de ahí desafiar un sistema basado en la ideología de la clase dominante, para la cual las clases humildes eran solo reservas de mano de obra y de efectivos para en sus aventuras bélicas. La idea rechazada en un primer momento por Malthus (que la población trabajadora pudiera controlar su crecimiento por medios conscientes) se convierte con los anarquistas neomalthusianos en una estrategia de resistencia ante el poder de la sociedad capitalista, devoradora de seres humanos y de todo tipo de bienes.


Como vimos, hasta este momento el malthusianismo había sido visto por los pensadores sociales como una ideología abominable que se presentaba como ciencia y que no era sino la máscara de los intereses de la clase dominante. En un libro antimalthusiano por excelencia, El banquete de la vida (1905), Anselmo Lorenzo escribía: “Contrariando la terrible y falsa fórmula malthusiana, especie de evangelio de los privilegiados, que negaba a los desheredados el derecho al banquete de la vida, es lo cierto que si existe una ley económica bien establecida y evidentemente demostrada, es esta: El hombre produce más de lo que consume”


Lo que nos interesa del neomalthusianismo de corte anarquista, más que su énfasis en la necesidad de una procreación consciente, sin duda importante, es su derivación hacia un reconocimiento de los límites ecológicos a la expansión humana. Lo que supone una necesaria objeción al libro de Lorenzo.


El historiador Eduard Masjuán ha trazado de manera sintética la influencia que el anarquismo neomalthusiano pudo tener en España en su obra La ecología humana en el anarquismo ibérico (2000). Ya a comienzos del siglo XX, las ideas neomalthusianas comienzan a tomar fuerza entre los medios libertarios ibéricos. Muchos anarquistas bien conocidos como Luis Bulffi, Mateo Morral, Ferrer i Guardia o incluso Anselmo Lorenzo, se convertirán en portavoces de dichas ideas. Según Masjuán, sería el anarquista francés Sebastián Faure quien proporcionaría la base ideológica para el neomaltusianismo en España. En su conferencia, Faure distinguía ya entre neomaltusianismo burgués y neomaltusianismo anarquista. Para Faure, el neomaltusianismo burgués es clasista e hipócrita, conduce a la clase trabajadora a una situación desesperada en la que o bien renuncia a reproducirse, o bien se condena a la muerte por inanición. La conferencia de Faure es además importante porque señala por vez primera una inquietud por la escasez de los recursos, reconociendo además que, si bien los medios tecnológicos pueden incrementar la capacidad productiva, el crecimiento económico tiene que encontrar forzosamente su límite. Por otro lado, Faure no deja de señalar la necesidad que tiene el sistema capitalista de aumentar su mano de obra no sólo para alimentar las fábricas sino también para los cuerpos represivos, las guerras coloniales y el mantenimiento de un mercado de trabajo donde los proletarios se ven obligados a concurrir en la búsqueda de empleo.


Como relata Masjuán, el neomalthusianismo pronto alcanzará una gran difusión en los medios libertarios ibéricos a través de la publicación, dirigida por Luis Bulffi, Salud y Fuerza, que en realidad era el órgano de la Liga Española para la Regeneración. Se crearán secciones por todo el país, las publicaciones neomalthusianas aumentarán de tirada y las conferencias se multiplicarán poco a poco hasta 1904, cuando la propaganda neomalthusiana recibirá su primer golpe de la represión. La publicación Salud y Fuerza fue suspendida porque “se consideró que ofendía a la moral pública, y la propaganda de la restricción de la natalidad se consideraba pornográfica.”


Sin embargo, a pesar de los obstáculos políticos y jurídicos, la propaganda neomalthusiana siguió ganando fuerza, y a partir de entonces aumentando además la difusión de prácticas contraceptivas y de la información sobre la sexualidad. Pronto, los neomalthusianos tuvieron que enfrentarse a las estrategias poblacionistas de la burguesía. En efecto, los representantes de la clase dirigente se alarmaron ante la amplitud que las ideas neomalthusianas estaban tomando entre la clase obrera e iniciaron campañas para estimular la natalidad, por supuesto, entre las clases trabajadoras.


Una de las revistas libertarias que continuarían en los años treinta con la senda del neomalthusianismo, la educación sexual, etc. sería la levantina Estudios, que era continuadora de Generación Consciente. En Estudios colaboraron anarquistas insignes como los doctores Isaac Puente y Félix Marti Ibáñez. Desde la revista Estudios algunas figuras militantes como Máximo Llorca o José Antich volverán a situar la cuestión social al lado de la perspectiva poblacional. En su libro dedicado a la historia de la revista Estudios, El paraíso de la razón (1997), el investigador Javier Navarro señala: “Los colaboradores de Estudios recuperaron las hipótesis de Malthus e ilustraron en muchos artículos lo limitado de los recursos del planeta y la imposibilidad de un crecimiento ilimitado.”


Este tipo de inquietudes proliferarán hasta los años 1936-1937. La guerra y la larga dictadura interrumpirán brutalmente la senda de reflexión de los neomalthusianos. La segunda guerra mundial y el período de industrialización desenfrenada que se produjo después, con el llamado “éxodo rural”, la destrucción continuada de zonas naturales, el desbaratamiento de la agricultura local, etc. dejarán más aún al descubierto el desequilibrio entre población y medios de subsistencia. Citaremos aquí un texto de Rudolf Rocker y titulado El problema de todos los problemas, escrito en 1951, donde se manifiesta la inquietud por el crecimiento de la población frente al decrecimiento de la productividad agrícola. Rocker se hacía eco del libro clásico de William Vogt, Road to Survival (1948), donde el fantasma de Malthus volvía a hacer aparición, con sus predicciones sombrías. Rocker señala que en el pasado se había creído que la capacidad de la tierra para producir era inagotable. Denuncia que la situación de empobrecimiento proviene de una relación falsa y desequilibrada entre industria y agricultura, y que la tierra ha sido esquilmada por una explotación abusiva. La disyuntiva es clara: o reorientamos nuestra técnica hacia una relación más armónica con el suelo, o vamos hacia el desastre. Si bien, con la perspectiva de Rocker, seguimos dentro de un ideario anarquista, estamos lejos del optimismo de Godwin.


Tal vez la respuesta más conocida desde el medio libertario a los debates sobre el malthusianismo en los últimos años proviene de Murray Bookchin. En su artículo “The Population myth”, escrito en los años ochenta, este autor hacía balance de lo que había sido el neomalthusianismo desde los años de la Guerra Fría. Bookchin criticaba duramente las corrientes ecologistas y sociológicas que hacían del poblacionismo un problema central. Para Bookchin, esta preocupación derivaría forzosamente hacia una forma de anti-humanismo y ecofascismo.


Sin tal vez darse cuenta, su polémica con los neomalthusianos de aquella época reproduce la vieja polémica entre Malthus y Godwin. Bookchin insiste con razón en las “raíces sociales del hambre”, acusando a los sociólogos neomalthusianos de servir al mantenimiento del statu quo, mientras indirectamente se responsabiliza a los pobres, y a su “natalidad incontrolada”, de los males que padecen. Para Bookchin el malthusianismo es simplemente una ideología cínica y aberrante que enmascara los intereses de la clase dominante.


En un momento dado, Bookchin se mofa de las previsiones de escasez de los malthusianos. Nos habla de los bajos índices de natalidad en los países avanzados y nos remite a la vieja fórmula sociológica que liga la estabilización de la población al incremento del bienestar. Por lo demás, se congratula de los incrementos en la producción alimentaria en muchos países considerados pobres: “La producción de cereal aumentó un 12% desde 1975. Incluso India, tomado siempre como el “peor caso”, triplicó su producción de cereal entre 1950 y 1984.”


Pero a Bookchin se le podrían reprochar al menos dos cosas. La primera es su ignorancia de la existencia de un neomaltusianismo libertario que no negaba la existencia de las causas sociales y políticas de la miseria, pero que, justamente, comenzaba a intuir el peligro que el exceso de población podía suponer para el proyecto de emancipación. Es significativo que en su libro Los anarquistas españoles (1977) omita la contribución del neomalthusianismo anarquista. Y en segundo lugar, y por lo que respecta al problema de la producción, cualquier persona un poco familiarizada con la historia contemporánea sabe que, en términos globales, ningún aumento en la producción alimentaria se ha producido, sino más bien todo lo contrario: cada mínimo aumento en el rendimiento de las cosechas se hace a costa de enormes fugas de energía, agua y suelo fértil. Y esto por hablar sólo de factores puramente materiales. ¿Puede un teórico de la ecología social como Bookchin pretender ignorar lo que ha significado la agricultura productivista –ergo, la “Revolución Verde”- en muchos países del hemisferio sur “entre 1950 y 1984”?


Sin duda, el problema no es sencillo. Es cierto, y en eso estamos de acuerdo con Bookchin, que la realidad social y política lleva a ciertas poblaciones a una situación de penuria que se nos intenta presentar presenta como el resultado “natural” de un conjunto de factores técnicos y demográficos. Pero más allá de eso, el problema de los límites físicos del crecimiento material permanece. ¿Cómo podría ser de otra forma? Los debates sobre el poblacionismo y la miseria en el medio libertario revelan hasta que punto la crítica ecológica  no puede ser dejada de lado. Sin ella la cuestión social se convierte en otra máscara de la economía destructiva y del actual sistema de opresión.
 
(Publicado originalmente en el número 367 del periódico de la CNT)

 

 
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