La modernidad como mecanismo de invisibilización del deterioro ecológico Imprimir E-Mail
escrito por Javier Mingo   

Image “A veces no se ve nada en la superficie pero por debajo de ella todo está ardiendo

Father  Mangunwijaya

Resulta difícil compatibilizar dos hechos: por un lado, el incesante deterioro ecológico del planeta y el empeoramiento de prácticamente todos los indicadores ambientales, y por otro, el hecho de que hoy más que nunca seamos conscientes de que si no modificamos nuestra conducta como sociedad global, nos dirigimos de forma acelerada hacia un colapso civilizatorio.

 Somos conscientes de este deterioro ecológico gracias a los avances tecnológicos que se han ido produciendo a lo largo del último siglo y que nos han permitido conocer mejor que nunca cómo funciona la naturaleza. No seríamos conscientes del cambio climático si no hubiese climatólogos tomando temperaturas y estimando, con potentes ordenadores, las temperaturas pasadas y futuras, tampoco podríamos disponer de datos de pérdida de biodiversidad, de salinización de los acuíferos, de contaminación de las aguas o del comportamiento de los ecosistemas sin todos los avances que se han producido en la ciencia.

Es exclusivamente nuestra sociedad moderna la que necesita del desarrollo científico para percatarse de los problemas ecológicos que ella misma genera. Las sociedades tradicionales que basan su economía en una relación directa con la tierra y que están en contacto con la naturaleza, no necesitan de la ciencia moderna para darse cuenta de que sus formas de vida tradicionales hoy día ya no son posibles. Ya no quedan suficientes animales para la caza o la pesca, muchos de los ríos están contaminados y el territorio que ocupaban se ve cada día más reducido debido a la deforestación, necesaria para el desarrollo de las grandes ciudades[1].

 

Cuando el estilo de vida de una comunidad se desvincula (aparentemente) del mundo natural no es tan fácil apreciar el deterioro ecológico que se está causando y se corre el riesgo de tener que enfrentase al problema cuando ya es demasiado tarde. En las ciudades, la naturaleza parece valorarse sólo en la medida en que genera valor estético, es un lugar donde hacer turismo o simplemente un lugar para descansar de los ruidos y del estrés de las grandes ciudades. Se olvida o se oculta, que nuestra forma de vida depende irremediablemente de la naturaleza, del funcionamiento de los ecosistemas y de los servicios que estos nos prestan, de los recursos renovables y de los no renovables, del ciclo del agua y de las millones de especies animales y vegetales que conviven con nosotros.

En este sentido, cabe recordar que actualmente más del 50% de los habitantes del planeta vive en ciudades y que en éstas, el vínculo entre el sistema económico y el sistema natural tiende a invisibilizarse, al contrario de lo que sucede en las comunidades indígenas o tradicionales que mencionamos anteriormente. Solo a modo anecdótico podemos señalar que problemas como el cambio climático no se perciben con claridad cuando se dispone de aire acondicionado, la contaminación de los ríos no nos afecta cuando bebemos agua embotellada de procedencia lejana y la desertificación no es visible cuando la tierra está cubierta de asfalto. Tampoco vemos desde las ciudades los servicios que los ecosistemas nos prestan ni el agotamiento de muchos de los recursos: el agua sale cuando abrimos el grifo, los alimentos se compran en grandes superficies y los aparatos los enchufamos a la red eléctrica; no vemos el proceso de extracción ni el de transformación, sino exclusivamente el producto final, al igual que tampoco vemos lo que sucede con los residuos que generamos, más allá de que una pequeña parte de ellos es recogida por la noche en nuestras casas y es evacuada en camiones.

Las ciudades, tanto para satisfacer sus necesidades básicas como para producir “artefactos culturales” necesitan flujos de energía y materiales que son extraídos de los ecosistemas (ajenos al territorio físico que ocupa la ciudad), y que posteriormente son devueltos o expulsados de forma degradada como residuos a la ecosfera (Rees, 1997). Es por ello que el actual modelo de ciudad es insostenible tanto a nivel local (el territorio que ocupa no puede sostener la carga que genera la actividad económica) como a nivel global (la ciudad genera insostenibilidad en territorios lejanos).

Pese a todos los avances en el conocimiento de nuestro medio físico e incluso pese al cambio que se observa en el discurso[2], los indicadores de sostenibilidad no han mejorado. Las causas de este fenómeno son diversas así como lo son también los enfoques a la hora de abarcar la problemática. En este artículo queremos centrar la atención en los mecanismos de invisibilización del deterioro ecológico, hemos mencionado ya cómo las ciudades y la sociedad moderna nos oculta una parte del proceso económico, pero también la publicidad, el imaginario consumista, el sistema contable convencional y la globalización, son mecanismos que invisibilizan del deterioro ecológico.  

Valores y formas de vida derivados de la percepción de un mundo vacío.

“Even in the thirteenth century, the commonest map was Mercator's projection, which visualizes the earth as an illimitable cylinder, essentially a plane wrapped around the globe, and it was not until the Second World War and the development of the air age that the global nature of tile planet really entered the popular imagination. Even now we are very far from having made the moral, political, and psychological adjustments which are implied in this transition from the illimitable plane to the closed sphere”[3]

Kenneth Boulding

El planeta, sus recursos y sus sumideros han sido considerados durante milenios como inagotables, al principio no se conocían los límites del planeta y más adelante cuando se constató que vivíamos en un planeta esférico y aislado en el espacio, la población humana era aun muy pequeña en relación al territorio del que disponía y por tanto la percepción de infinitud se mantuvo inalterada. Nos interesa analizar en qué media esta percepción del planeta ha generado valores y formas de vida que hoy siendo completamente conscientes de la finitud del planeta deberíamos replantearnos.

 

Podemos hablar de la economía del cowboy[4] como hacía Kenett Boulding ya en 1966 o de un mundo vacío como hace Herman Daly (1993) o Jorge Riechmann (2005) para referirnos a la situación del planeta antes de alcanzar el punto de saturación. En ese mundo vacío, el deterioro ecológico no era un problema grave o al menos no era un problema de dimensiones globales. Si la sobreexplotación de las tierras generaba pérdidas de fertilidad se podían buscar otras tierras, si se talaban todos los árboles de una zona se buscaban nuevos bosques, etc. Es por ello que se utiliza la expresión de la economía del cowboy pues hace referencia a la expansión de los colonos norteamericanos hacia el oeste del país. En resumen, por aquel entonces la capacidad que tenía el hombre para dañar la naturaleza era muy pequeña en comparación con las tasas de regeneración de la misma, no solo porque tecnológicamente teníamos menos capacidad sino porque también éramos muchos menos.

En algunos estudios de sociedades pasadas que han colapsado se incide mucho en la importancia de los factores ecológicos a la hora de explicar su caída y son numerosos los ejemplos de antiguas civilizaciones que han ido desplazando sus asentamientos por el deterioro (provocado por ellos, o no) de los servicios que la naturaleza les prestaba. Todas estas migraciones son posibles solo porque los daños se generan a nivel local y el planeta disponía aún de espacios capaces de proveer de los recursos básicos y absorber los residuos generados. Podemos decir entonces que cuando el mundo estaba vacío no existían problemas ecológicos globales y por tanto resultaba difícil ser conscientes de la interrelación de los problemas ecológicos.

Jared Diamond (2007) estudia el colapso de la sociedad que habitaba la Isla de Pascua, una isla completamente aislada en el Pacífico, para explicarnos que lo que sucedió en esa pequeña isla podría perfectamente suceder a escala planetaria. El planeta está tan aislado para la sociedad actual como la Isla de Pascua lo estaba para sus antiguos pobladores. Es interesante preguntarnos por qué los isleños, conscientes de su aislamiento y de su dependencia de la madera para la pesca (su principal actividad económica), no talaron los arboles de una forma sostenible y dedicaron todos sus esfuerzos y recursos a la construcción de moáis[5] para entender porque nosotros como sociedad global nos estamos comportando de manera similar. Evidentemente detrás de la construcción de los moáis había un significado religioso y una élite poderosa, las teorías más fiables hablan de que la isla estaba dividida en dos tribus y ambas competían por construir los moáis más grandes. Los moáis eran un símbolo de adoración a los dioses y por tanto su construcción proyectaba prosperidad sobre las tribus. En el periodo más próximo al colapso, tanto las estatuas de una tribu como las de la otra fueron aumentando de peso y tamaño lo que suponía un mayor consumo de recursos (materiales y humanos) para su construcción, lo cual encaja a la perfección con una de las conclusiones a las que llega Diamond estudiando a una serie de civilizaciones antiguas: “los colapsos se suelen producir solo unos decenios después de haber alcanzado las cifras más altas de consumo de materiales y energía”.

Resulta muy significativo que la sociedad de la Isla de Pascua se extinguiese manteniendo firmes sus creencias más allá de la realidad material que vivía, de hecho las creencias debieron radicalizarse en el último periodo, algo que explicaría que los moaís fuesen cada vez más grandes. No me parece mucho suponer que los isleños eran bien conscientes de que su economía era cerrada y sus recursos limitados, o por lo menos en algún momento esta realidad se debió de hacer evidente; yéndonos al extremo,  aquel que cortó el último árbol de la isla debió preguntarse con que iban a fabricar el próximo barco….Es decir que los isleños no fueron capaces de modificar su conducta social para adaptarse al medio físico y continuaron depredando los recursos hasta que se agotaron. En este sentido sería interesante indagar en el régimen político-religioso de los isleños para descubrir si fue esta élite dirigente la que arrastró al pueblo hasta el colapso con el interés de mantener sus propios privilegios por algo más de tiempo o si por el contrario fue una decisión consensuada o al menos soportada por una mayoría. La gran parte de los estudios hablan de la existencia de una élite político-religiosa que basaba su poder  (como muchas otras sociedades) en el monopolio de la religión a través de la divinidad de sus líderes, pero si esta élite mantuvo una base social de apoyo hasta el colapso de a isla es una cuestión que queda abierta, también sería interesante saber si existieron movimientos de resistencia, cuando aparecieron y que reformas o modelos alternativos reivindicaban.

Esta historia muestra como el análisis de nuestra sociedad global no difiere mucho de la historia de la Isla de Pascua, hoy somos conscientes de la finitud de los recursos, somos conscientes de que estamos sobreexplotándolos y sin embargo los indicadores de deterioro ecológico no mejoran. En nuestras sociedades modernas existe algo similar a esa creencia religiosa de los isleños que nos incita a seguir adelante, construyendo “versiones modernas de moais”[6] cada vez más grandes y que impiden replantearnos la forma de vida o los valores sobre los que se sustenta nuestra sociedad.

Podría hacerse un paralelismo entre la religión de los isleños, que les empujaba a actuar de una manera irracional desde el punto de vista de la gestión de los recursos y la fe en el desarrollo o la modernidad, que igualmente nos hace actuar de manera irracional como sociedad. Gilbert Rist estudia con detalle el concepto de desarrollo y su evolución histórica para finalmente llegar a la conclusión de que el desarrollo no es otra cosa que una creencia occidental, es como una fe común a los ateos y los religiosos. Dice Rist literalmente que “Ninguna sociedad puede prescindir del sueño, de la creencia, de la utopía inaccesible, de la verdad tranquilizadora”. Según el autor, nuestra creencia podría expresarse de forma sencilla y simplificada con la siguiente frase: “la buena vida de todos puede garantizarse mediante los progresos tecnológicos y el crecimiento ilimitado de la producción de bienes y servicios, de la que todos acabaremos beneficiándonos”. Esta frase estaría grabada en el imaginario colectivo como algo completamente incuestionable e indiscutible y se la considera positiva y natural.

Este dogma, parece no necesitar demostración alguna, pues como creencia está por encima del análisis racional, se pueden modificar las recetas así como se han ido sucediendo distintas e incluso contradictorias políticas económicas o de desarrollo, pero el fondo nunca se cuestiona[7]. Es muy similar a la fe en una religión, la iglesia católica por ejemplo ha ido cambiando continuamente su doctrina y contradiciendo sus bases a lo largo de los siglos y sin embargo la fe permanece porque está por encima de los acontecimientos.

Hoy día es evidente que la crisis ambiental a la que nos enfrentamos tiene un carácter global, algunos autores han tratado de estimar con precisión cuando se habría pasado de un mundo vacío a un mundo lleno (en el que las demandas colectivas superan la oferta de la naturaleza  y su capacidad de absorción). El análisis que hacen Rees y Wakernagel con su aproximación mediante la metodología de la Huella Ecológica estimarías que nos hemos convertido en un mundo lleno solo a partir de mediados de los años 80 (WWF, 2008) un mundo que consume más de lo que la naturaleza nos provee y que por tanto sobrevive gracias al continuo declive del capital natural que es cada vez más escaso.

Pese a que las investigaciones científicas citadas dan cuenta de que estamos en un mundo lleno y limitado, la percepción general que tenemos es que podemos seguir creciendo infinitamente en un planeta finito, algo que hasta un niño puede entender que es imposible. Las sociedades industriales mantienen muchos de los valores que fueron generados bajo la condición de un mundo infinito o sin límites y sin embargo, es lógico que el cambio en la condición de límite en cualquier sistema complejo deberá cambiar sus pautas de funcionamiento.

Existe un legado ideológico y social de mucho peso que fue construido desde la concepción de un mundo vacío y que se puede resumir en la mitología del desarrollo que ya hemos comentado, pero que desglosándolo agruparía valores como la propiedad privada, el productivismo, el individualismo, la cultura del despilfarro, el modelo de estatus social basado en el consumo, el imaginario de felicidad y otras muchas conductas sociales que deben ser replanteadas para poder avanzar hacia una sociedad que se comporte de forma coherente con la realidad física de la que depende.

Si no somos capaces de replantearnos todas estas creencias y valores no vamos a poder avanzar hacia una sociedad más sostenible y justa, de hecho ni siquiera vamos a ser capaces de disminuir la velocidad con la que nos aproximamos hacia nuestro propio colapso, acabaremos exactamente igual que los antiguos habitantes de la Isla de Pascua, devorándonos los unos a otros después de haber malgastado nuestros últimos recursos en la construcción de modernos moais (rascacielos, bolsas de valores, naves espaciales, autopistas, centrales nucleares, etc.) y todo con la esperanza de que la tecnología nos permitirá lo imposible, crecer ilimitadamente en un mundo con recursos finitos.   

Bibliografía

·         Boulding, K (1966) “The Economics of the Coming Spaceship Earth” http://www.geocities.com/RainForest/3621/BOULDING.HTM

·         Daly, Herman and Cobb, John (1993) “Para el bien común” México, FCE.

·         Diamond, Jared (2006) "Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen" Debate.

·         Ministerio de Medio Ambiente (2007), “Análisis Preliminar de la Huella ecológica en España”

·         Orta, Martí y Martinez Alier, Joan (2009) “Explotación y despojo en la amazonia, matanza de indígenas en Perú” Le Monde Diplomatique

·         Rist, G (2002) “El desarrollo historia de una creencia occidental” Los libros de Catarata. Madrid

·         Rees, W. (1996). “Indicadores territoriales de sustentabilidad”, Ecología política, núm. 12, 1996.

·         Rees, William. (1997) “Urban ecosystems: the human dimension”, Ed. Springer Netherlands

·         Riechmann, Jorge. (2005) “¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles? Reflexiones sobre biomímesis y autolimitación” Universidad de Barcelona

·         WWF (2008). “Informe Planeta Vivo 2008”. WWF Internacional



[1] Los estudios de Joan Martínez Alier en esta línea dejan claro cómo muchos de los conflictos entre indígenas y gobiernos son al fin y al cabo conflictos socio-ambientales en los que la defensa del territorio es la principal reivindicación. Otros autores como Hervé Kempf achacan la inmigración de las poblaciones del sur hacia el Norte a la sobreexplotación de sus recursos naturales.  

[2] Desde aproximadamente mediados de los años 70 el ecologismo empieza a tomar fuerza en organismos internacionales. Hoy día el discurso ecologistas con distintos matices se escucha en televisión, en la publicidad de las grandes empresas y en el discurso de los principales partidos políticos ya sean conservadores o progresistas.

[3] Traducción libre: Incluso en el siglo XIII, el mapa más frecuente fue la proyección de Mercator, que representa a la tierra como un cilindro sin límites, esencialmente un plano envolviendo al globo, y no fue hasta la Segunda Guerra Mundial y el desarrollo de la aviación que la naturaleza global del planeta  penetró en la imaginación popular. Incluso ahora estamos muy lejos de haber hecho los ajustes morales, políticas y psicológicas que están implícitas en esta transición, desde el plano ilimitado a la esfera cerrada.

[4] Se refiere a una economía que va continuamente conquistando nuevas tierras y expandiéndose como hicieron los cowboys hacia el oeste de los Estados Unidos.

[5] Los moáis son estatuas de piedra monolítica que sólo se encuentra en la Isla de Pascua. Los más de 600 moáis conocidos tallados por los antiguos Rapa Nui están distribuidos por toda la isla.. Todo indica que la cantera fue abandonada repentinamente, quedando estatuas a medio labrar en la roca. Prácticamente todos los moáis terminados fueron posteriormente derribados por los isleños nativos en el período siguiente al cese de la construcción.

[6] Podemos considerar “versiones modernas de moais” a la producción de innumerables bienes que se destinan a cubrir las necesidades psicológicas creadas por la publicidad (los moais proporcionaban tranquilidad espiritual a los isleños) o por poner un ejemplo más simbólico, la construcción de los inmensos edificios y hoteles en Dubai, representan el absurdo de una sociedad que piensa exclusivamente en satisfacer las necesidades (psicológicas o  fisiológicas) del presente, sin pensar en el futuro.

[7] Incluso doctrinas tan opuestas como capitalismo y socialismo han compartido el ideal de desarrollo basado en el crecimiento de la producción y el consumo.

 
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